Hoy se cumplen diez años de uno de los episodios más emotivos para la Unión de Taurinos y Aficionados de Catalunya (UTYAC): la inesperada aparición de José Tomás en el IV Congreso Taurino de Catalunya, celebrado en 2016 en el Centro Aragonés de Barcelona.
Aquel mediodía, nadie de los que llenaban el salón de actos imaginaba que el torero de Galapagar —el último gran ídolo de la afición barcelonesa— haría acto de presencia. El congreso, conducido por el entonces presidente de UTYAC, Paco Píriz, y el joven aficionado Gerard Mas, estaba dedicado a conmemorar el centenario de la plaza Monumental de Barcelona y contaba con la participación del último matador catalán, Jesús Fernández, y del novillero Abel Robles.
La sorpresa llegó en el tramo final del acto, cuando los Jóvenes de UTYAC se disponían a entregar el II Premio Sant Jordi de Tauromaquia a la Agrupació de Penyes i Comissions Taurines de les Terres de l’Ebre (APCTTE). En ese momento apareció José Tomás para hacer entrega personalmente del galardón, recogido por el vicepresidente de la entidad, Santi Albiol.
La sala estalló en una larga ovación. Muchos asistentes, visiblemente emocionados, no daban crédito a la escena. El silencio llegó cuando el torero tomó la palabra para dirigirse a la afición catalana con un mensaje que aún hoy se recuerda: «Esto no es un ruedo, aquí no hay un toro, eso no son los tendidos de esa grandiosa plaza, pero la llama del toreo sigue viva en Barcelona. La llama del toreo sigue viva en Catalunya».
Aquel gesto reforzó un vínculo que la afición siempre ha considerado especial. Durante el acto también se rindió homenaje a la Monumental, recorriendo sus cien años de historia desde una perspectiva emocional más que estadística, evocando figuras como Manolete, Chamaco y el propio José Tomás, símbolos de distintas generaciones de pasión taurina en la ciudad.
Diez años después, aquel día sigue siendo recordado como un momento de unión y reafirmación para una afición que vivía —y sigue viviendo— tiempos complejos en Catalunya. La irrupción inesperada del torero fue interpretada entonces como un gesto de apoyo y reconocimiento hacia unos aficionados que se resisten a desaparecer. Una década más tarde, muchos de los presentes aún evocan aquella escena como un instante irrepetible: el día en que, fuera del ruedo, José Tomás volvió a llenar de emoción a Barcelona.

