¡Menudo bajonazo!

Lo vivido esta tarde en Muro pasará a los anales de la falta de rigor. Entre el sainete del palco, la ausencia de una báscula oficial que convirtió la tablilla en un engaño y el despropósito de los reconocimientos, la corrida quedó herida de muerte antes de que saliera el primer toro. Un parche de Samuel Flores tuvo que remendar el encierro de Miura por una cornada en corrales, mientras el orden de lidia se alteraba para acomodar las prisa de la agenda de Colombo.

Jesús Enrique Colombo firmó en el primero una faena intrascendente, sin temple ni ligazón, frente a un toro que perdió las manos a las primeras de cambio. Un trasteo interminable de más de catorce minutos ante la pasividad pasmosa del palco. Pero el verdadero esperpento llegó en el cuarto: tras un vistoso tercio de banderillas para la galería, el de Miura se derrumbó en la muleta. Colombo dio un mitin de carencias técnicas sin conectar con nadie, cobró una estocada trasera y, para sorpresa de los aficionados con memoria, el palco asaltó la razón regalando dos orejas y una insólita vuelta al ruedo a un toro mediocre y sin fuerza.

​La dignidad y la verdad del toreo las puso Damián Castaño. Recibió al segundo de Miura con una larga cambiada y, tras un puyazo infinito, le ofreció los medios con todas las ventajas al único toro bravo de la tarde. Serie tras serie, el salmantino cuajó una faena profunda por el pitón derecho, ligada y rotunda. Pena que el pinchazo final le privara de los premios de ley. En el quinto, ante el complicado remiendo de Samuel Flores —un toro con presencia y áspero que se ponía cuesta arriba—, Castaño tiró de oficio y coraje para robarle dos naturales descomunales en una labor silenciada tras el mal uso de los aceros.

​Lo de Ferrer Martín y el capítulo a caballo cruzó la línea del irrespeto al aficionado. Saltó en tercer lugar un novillo de Cuevas Bajas que no superaba la condición de desecho de tienta, protestado con razón por una plaza atónita. El rejoneador convirtió el ruedo en una pista de circo, donde hubo mucho aspaviento ecuestre y nula tauromaquia. Tras un pinchazo y un rejón contrario, una afición desnortada y un palco entregado le regalaron una oreja de vergüenza. El remate llegó en el sexto: un animal sin presencia ni condición donde el rejoneador ofreció un espectáculo dantesco, incapaz de lograr un solo quiebro y necesitando cinco pinchazos de descabello a toro echado para liquidar la tarde. Una jornada para la reflexión y el enfado de quienes todavía creemos en la integridad de la fiesta.

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