En puntas y punto

Es un tema muy delicado. Casi tabú. No se escucha a nadie hablar de ello y tampoco lo leemos en periódicos o portales taurinos. Silencio absoluto, no vaya a ser que te tachen de antitaurino.

Salvo algún comentario de los “reventadores del Twittendido” no hay críticas al respecto. Es una cuestión tan desagradable que cuesta de reconocer y denunciar. Habrá también a quienes no les parezca tan grave.

Se trata del afeitado en la tauromaquia. Un fraude en toda regla que nos acompaña casi a diario. O por lo menos la sospecha. Incluso parece que esta mala praxis ha llegado a las grandes plazas. Que si cara torera, que si las bolitas, que si está arreglado… Puros eufemismos para tapar y minimizar una falta tan grave como es la de quitar poder al toro. ¿Cómo podemos tolerar que se manipulen las astas de los astados con tanto descaro?

He llegado a justificar el afeitado en algún tipo de espectáculo taurino como pueden ser las novilladas sin picadores o los festivales. Pero ahora ni eso. ¡Ya está bien! Ni un animal con un pitón manipulado tendría que lidiarse en ninguna plaza. Ni uno. Ni en las novilladas sin caballos, aunque sean jóvenes aprendices, ni en los festivales, aunque sean benéficos, y mucho menos en los rejones. Lo del rejoneo es caso aparte. Es absolutamente repugnante ver a esos toros con los cuernos mutilados. ¿Dónde está el mérito del rejoneador? ¿Y el riesgo? ¿Y la emoción? Para ver espectáculos ecuestres hay demasiada diversidad como para seguir haciendo sus shows en las plazas de toros.

Como dijo un día Rafael Corbelle, “el toro en puntas y el torero con dos cojones y quien no valga para casa“. Esta es una profesión de hombres valientes, honrados y entregados y su desafío a la muerte; artístico, bello y emocionante es lo que les convierte en héroes. Quien no quiera integridad en la tauromaquia o no pueda asumirla por su escasa condición se debería plantear seriamente qué aporta al mundo de los toros. Nunca es tarde para ponerse a estudiar o para buscar otro oficio.

Hagamos análisis post mortem de las astas de los toros en todos los espectáculos taurinos (si económicamente no es viable, cojamos una muestra representativa) y veamos los resultados. Estaría encantado de tener que escribir otro artículo reconociendo mi metedura de pata. Quizás serviría para limpiar a todos los culpables y cómplices de esta fiesta podrida.

Y ojo, con esto no estoy diciendo que todos los toros estén afeitados. Ni mucho menos. Todavía quedan muchos toreros, ganaderos y profesionales íntegros que no lo toleran. Pero… ¡pongamos fin a este abuso!

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