Madrid además de descubrir toreros; acostumbra sobre todo a desnudarlos. Les arranca el artificio, les mide la verdad y les obliga a explicarse sin excusas. Y ayer, en Las Ventas, Mario Vilau salió de esa prueba reforzado con una oreja tras dejar la estocada de la feria, una cornada de 15cm y una certeza mucho más importante: dejó de ser únicamente “el novillero catalán”.
Que nadie se apresure al escándalo fácil. Existen tardes especiales en las que un torero deja de pertenecer a una geografía concreta para empezar a pertenecer a la memoria de los aficionados. Y la de ayer fue una de ellas.
Vilau llegó a Madrid en novillero. En el sentido antiguo ya casi en desuso. Ese que define a los muchachos que todavía no han aprendido a administrar el valor ni a negociar con el dolor. Novilleros que no se alivian o -como es el caso de Vilau- que no quieren aliviarse.
Lo extraordinario es que Mario no interpreta ese papel únicamente en Madrid. Su verdad es la misma en una plaza de pueblo que en la capital del toreo. Ahí reside su fuerza, pero también su penitencia. Porque hay toreros que torean según el contrato y otros que torean según su conciencia. Vilau pertenece a los segundos.
La imagen quedó suspendida en la noche venteña: el muchacho cruzando el ruedo camino de la enfermería, empapado en sangre, después de matar a su segundo novillo. Vacío físicamente, lleno de orgullo. Sin aspavientos. Sin venderlo. Y entonces, inevitablemente, a muchos se nos apareció el recuerdo de José Tomás.
No desde la tentación simplista de buscar herederos —ejercicio casi siempre ridículo, especialmente cuando se habla de leyendas irrepetibles—, sino desde algo mucho más profundo: la manera de entender el toreo. Esa forma austera y casi estoica de entender la profesión. El respeto absoluto al toro bravo. El respeto al público. Y, sobre todo, el respeto hacia uno mismo.
José Tomás fue el gran ídolo taurino de Barcelona. También lo es para Mario Vilau, aunque el joven de l’Hospitalet jamás haya podido verlo en directo.
Y acaso no carezca de simbolismo que Salvador Boix estuviera hace apenas unos días en Sevilla, sentado en una barrera, observando cómo Mario cuajaba un novillo con esa serenidad que obliga a afinar la mirada. Como quien reconoce, en un torero joven, una emoción que creía olvidada.
Mario Vilau, el joven catalán que ayer llegó a Madrid en novillero, salió de allí convertido en algo mucho más serio y mucho más difícil: un torero al que ya nadie pregunta de dónde viene, sino hasta dónde puede llegar.
Foto: Andrew Moore

