Nunca nadie había ido tan triste a ver torear a José Tomás como aquel 25 de septiembre de 2011. Los toros se acababan en Barcelona. Y con su prohibición se pretendía borrar también una parte de la historia de una ciudad que durante décadas había sido una de las grandes capitales taurinas del mundo
Han pasado quince años desde que Serafín Marín llegó al centro del ruedo con las dos orejas de Dudalegre, el último toro lidiado en la Monumental. Las dejó caer sobre la arena. Los brazos vencidos de Serafín retrataron sin saberlo a toda una afición. Fue una derrota de la que todavía no nos hemos recuperado del todo.
Quince años después, la Catalunya taurina vive una situación un tanto insólita: no tiene toros, pero vuelve a tener toreros. Durante años quedó una afición dispersa, condenada a hacer kilómetros hacia Francia, Aragón, Navarra o Madrid. La sentencia del Tribunal Constitucional de 2016 anuló la prohibición catalana, pero la Monumental no volvió a abrir sus puertas. Jurídicamente había desaparecido el veto, pero en la práctica nada cambió. Y esperar también desgasta.
Por eso el fenómeno Mario Vilau ha tenido un efecto que va bastante más allá de sus resultados. El novillero de L’Hospitalet ha vuelto a reunir a una afición que parecía dormida, obligándola otra vez a mirar calendarios, organizar viajes y seguir a un torero de casa por plazas que están lejos de casa. No está solo. Adame Espinosa, de Segur de Calafell, se recupera estos días de la grave cornada sufrida en Mejorada del Campo. Las dos orejas que cortó sirvieron para aliviarle un poco el dolor del tabaco. Hugo Casado, con un concepto más artístico, también tiene sus propios partidarios. Cataluña vuelve a producir toreros. Lo paradójico es que no tiene dónde verlos.
En ese contexto apareció tras años de ausencia Paco Sierra, para rescatar al mismo tiempo una Federación de Entidades Taurinas de Cataluña que parecía obligada a bajar la persiana. Su llegada ha servido para agitar el avispero del panorama taurino catalán que parecía resignado a administrar los restos de lo que había quedado.
El 17 de abril, Sierra, en nombre de la Federación, remitió a la familia Balañá una propuesta formal para celebrar una corrida en la Monumental durante la Mercè de este mismo septiembre. La solicitud describía un festejo de seis toros, dos figuras y la alternativa de Mario Vilau. Incluso se aseguraba que tanto los toros como los actuantes participarían de manera altruista, sin cobrar honorarios. La Federación se ofrecía además a asumir íntegramente las licencias, permisos y trámites administrativos. En la carta, Sierra apelaba incluso a las que calificaba como “buenas y estrechas relaciones” con Salvador Illa, Jaume Collboni y el delegado del Gobierno, Carlos Prieto, llegando a afirmar que con este último impedirían manifestaciones antitaurinas en las inmediaciones de la plaza.
Sobre el papel podía sonar bien. El problema es que, más allá de las intenciones, la carta ofrecía pocas certezas. No constaba un acuerdo con los toreros, una estructura económica cerrada ni un proyecto jurídico que despejara los obstáculos. Era una propuesta; todavía no un proyecto con garantías suficientes para pensar que la familia Balañá cedería la Monumental aunque fuera tan solo por un día.
María José Balañá ni siquiera respondió. No sabemos si fue por la falta de concreción de la propuesta o por una negativa de fondo, pero lo cierto es que aquella vía ni siquiera llegó a abrir una negociación. Ante la falta de respuesta de la familia Balaña, el presidente de la Federación ha ido planteando públicamente otras vías: desde la expropiación de la Monumental hasta la construcción de una nueva plaza en terrenos de la zona portuaria. También ha relatado en su programa de radio La Vuelta al Ruedo conversaciones con políticos catalanes, de ámbito nacional y con el alcalde de Badalona, Xavier García Albiol, al que asegura haber planteado la posibilidad de levantar allí un coso.
Probablemente hacía falta precisamente alguien dispuesto a remover un avispero que llevaba demasiados años inmóvil. Si se quiere que la reapertura vuelva a formar parte de la conversación, habrá que hacer ruido, sumar aficionados y recordar que la demanda existe. Para eso, Sierra parece sentirse cómodo en un papel que otros quizá no estaban dispuestos a asumir.
El riesgo está en confundir agitación con realidad. Explorar distintas vías es legítimo. Presentarlas como soluciones cercanas es otro asunto. Una expropiación o la construcción de un nuevo coso son operaciones de una enorme complejidad jurídica, económica y política que puedan resolverse a golpe de voluntad. Presentarlas como caminos relativamente próximos cuando apenas están en fase de planteamiento puede acabar consiguiendo exactamente lo contrario de lo que se pretende. Hay que saber medir las fuerzas. Porque entre devolver la ilusión a una afición para que vuelva a movilizarse y venderle una certeza que todavía no existe hay una línea muy fina. Y la afición catalana ya ha cruzado esa línea demasiadas veces.
Durante los últimos meses se fue instalando entre la afición la idea de que para la Mercè volveríamos a tener toros en Barcelona. No como una posibilidad remota, sino como una reapertura que parecía pendiente únicamente de rematar algunos detalles. Se habló incluso de la alternativa de Mario Vilau en la Monumental. Septiembre llegó. La Mercè también. Los toros, no.
Por eso no se trata de apagar la ilusión ni de exigir silencio. Al contrario: alguien tendrá que insistir, incomodar, llamar a puertas y conseguir que la posibilidad de volver a dar toros en Catalunya deje de considerarse una extravagancia. Los proyectos difíciles necesitan tiempo, discreción y, sobre todo, bases sólidas. Primero encontrar la fórmula jurídica. Después los apoyos. Y solo entonces la fecha y el cartel. No al revés.
Porque después de quince años sin toros, esta afición puede soportar muchas cosas. Otra falsa reapertura, quizá no.

