El Onsareño, presente y futuro de la última divisa mallorquina

En el propio término municipal de Palma, al borde de la misma pista de aterrizaje de uno de los aeropuertos más transitados de toda Europa, se asienta la ganadería de El Onsareño. Es éste el último bastión del toro bravo en la isla de Mallorca – y prácticamente de todo el archipiélago balear – que, gracias al tesón y al empeño de un joven e irreductible ganadero, sigue resistiendo contra viento y marea frente al acoso indiscriminado de la camorra animalista y de unos poderes públicos subidos al carro de éste pancatalanismo mal entendido y deformado. Su nombre es Sergio Galdón Garau, hijo de un jienense y una mallorquina, que en el año 2009 decidió tomar las riendas de la ganadería que su padre fundó a principios de los años ochenta. Desde el 2011 el hierro se encuentra inscrito a su nombre y actualmente es el máximo responsable de la divisa. Nos citamos con él para conocer de cerca a sus animales y charlar sobre la actual situación taurina de la isla.

Una atmósfera de bochorno septembrino se ha adueñado de la mañana. El ruido del motor de los aviones al despegar, uno cada pocos minutos, ensordece y enturbia el ambiente. Perturbando la paz que siempre debería reinar en el campo. Los muretes de piedra seca, endémicos del medio rural mallorquín, delimitan los dominios de esta familia ganadera. Al atravesarlos damos con una visión casi incongruente. Los añojos y los erales nos miran con fijeza desde su cerrado cuando un avión cargado de turistas se ve despegar al fondo, sobre sus testuces. Desde la ventana de su asiento en cabina, un pasajero podría distinguirlos y verles pelear mientras juegan con su bravura. Eso si supieran que están ahí. Que aún existe el toro bravo en la isla. Allí nos recibe Sergio, el ganadero. Un tipo afable y cercano. De sonrisa fácil y sincera. De aquellas personas que parece que conozcas de toda la vida. Bajamos del coche y nos pone al día de la ganadería mientras recorremos los cercados.

Erales de El Onsareño

A día de hoy, cuentan con dos líneas bien diferenciadas y que llevan por separado. Cada una de ellas formada por un lote de cuarenta vacas de vientre y un semental. Además de un recrío de entre cuarenta y cincuenta becerros. Unos ciento veinte animales en total. Ambas líneas son de puro encaste Domecq, la una con procedencia de Salvador Domecq y la otra de Juan Pedro. Se aprecia la doble procedencia en las hechuras y las capas de cada uno de los lotes. Lo de Salvador, más basto. Con más caja. Donde predomina el colorao de capa. Lo de Juan Pedro, más fino. Con más variedad de pelajes además del colorao. Castaños, jaboneros, melocotón y alguno negro. Todos con seriedad en sus caras. Para evitar la consanguinidad, van cambiando los dos sementales de un lote de vacas a otro para refrescar. Tras diez años al frente de este hierro, la personalidad y los criterios de Sergio como ganadero se empiezan a reflejar en sus animales. Debido a la acotada extensión de esta finca isleña y a las lógicas dificultades que conlleva echar para adelante una explotación de ganado de lidia en territorio comanche, se quedan solo con lo mejor de lo mejor. Él dirige la selección, el manejo, la alimentación, las tientas y todos los aspectos que tengan que ver con esta vacada. Con productos más que contrastados como así se ha demostrado allí donde han lidiado. Siempre en la Península. Sobre todo en las provincias de Salamanca y Jaén. Donde tienen otras fincas que usan como cebaderos. El planteamiento es el siguiente. La finca de Mallorca es su cuartel general, donde tienen a sus animales a buen recaudo y aislados de posibles infecciones o enfermedades. Llegados a finales del m

es de marzo o principios de abril, embarcan a los animales que serán lidiados y los llevan hacia las fincas de Salamanca o Jaén. Allí acaban de rematarse y se les da salida por los festejos de la zona. Actualmente lidian entre cuatro y cinco festejos al año. Festivales y novilladas con y sin picadores. El resto lo destinan para las calles. Así consiguen mantener la ganadería a flote. Parece ser que la benignidad del templado clima isleño le viene bien a los animales. E incluso prolonga su longevidad. Durante el paseo por los cerrados, Sergio me señala una vaca de veinticuatro años. Y no es raro encontrar varias que rocen las dieciocho o veinte primaveras.

Acaba la visita y nos refugiamos a la sombra del cortijo donde vive el mayoral de la finca. La única ayuda con la que cuenta Sergio en la ganadería. Además de los sabios consejos de su padre. Fue él quien, por pura afición y romanticismo, sin ningún tipo de antecedente taurino en su familia, fundó esta ganadería con el dinero que con mucho sudor y esfuerzo logró ganarse a través de un negocio en el sector de la hostelería. Tuvieron el privilegio de poder vivir algunos años exclusivamente de la ganadería brava. Cuando en Mallorca se prodigaban los festejos taurinos, tanto en la calle como en la plaza. Pero aquello ya forma parte del pasado y ha habido que reinventarse. Cansado de los taurinos y desengañado de los tejemanejes que se esconden en este mundo, el padre de Sergio se dedica en la actualidad exclusivamente al ganado ovino. En la misma finca donde pastan sus toros, tienen cerca de mil doscientas ovejas. En lo que al bravo se refiere, su papel actual es meramente consultivo. Toda la responsabilidad la asume Sergio desde hace ya casi una década. Quien, con su juventud, renovó la ilusión y las esperanzas en la divisa mallorquina. A día de hoy, Sergio la mantiene por pura pasión. La profesión que le da de comer es otra. Su único objetivo con la ganadería es saciar su afición por este mundo. Resistiendo por el puro afán de que los ecos del bramido del toro sigan resonando en la isla. Por defender la libertad de ser ganadero de bravo en su tierra.

Mayoral de El Onsareño

Le pregunto acerca del porvenir de la Fiesta en Baleares. El regreso de los toros a Palma, aunque de manera testimonial, podría abrir las puertas a plantear una temporada en condiciones para el año próximo. No solo en Palma, sino también en el resto de plazas de la isla como Muro, Inca o Alcudia. Sergio se muestra escéptico. Las cosas se han hecho muy mal. La endogamia empresarial, las puñaladas traperas y los vetos entre unos y otros han dejado un panorama casi imposible para plantear la organización de futuros festejos. Palma de Mallorca, secuestrada por la Casa Matilla con el beneplácito de la familia Balañá (propietaria del coso), no está por la labor de arriesgar con una temporada completa y con carteles de interés para recuperar la afición y que la gente vuelva a la plaza. Como mucho, un festejo o dos para hacer caja. Y eso con sus toreros y sus toretes traídos bajo el brazo. Este año, sabiendo que en la misma isla existe una ganadería con las mismas sangre y procedencia de la corrida que finalmente se lidió, prefirieron traer el ganado de fuera. El único ofrecimiento que Sergio recibió para participar en este festejo, con todo lo que ello representaba, fue para que trajera a sus bueyes. En Muro, plaza de propiedad municipal, piden un canon de cien mil euros por adelantado para aquel empresario que se atreva a organizar algo allí. Y en Inca, donde el coso es de propiedad privada, tampoco se tiene mucha intención de nada. Como mucho, algún festival de cara a octubre. Y ya no digamos en Alcudia, donde dentro de la propia comisión taurina acabaron todos enfrentados. Así están las cosas.

Pese todo y pese a todos, Sergio Galdón Garau, ganadero de lidia mallorquín, seguirá al pie del cañón. Al frente de su divisa. Defendiendo el derecho del toro bravo a seguir existiendo en las Baleares. Peleando de frente y por derecho. A pesar del ostracismo del empresariado taurino y el ninguneo de los medios (los taurinos y los no taurinos), que solo acuden a él cuando huelen la carnaza de la polémica y al calor del estéril y absurdo debate del toros sí/toros no. Aferrándose al balón de oxígeno que suponen para él aquellos pueblos de la Península donde sí han confiado en su hierro y se ha hecho valedor de un hueco en el mercado por sus propios méritos. Por su integridad, por su honradez y por su entrega desinteresada al toro bravo, los aficionados le debemos mucho. Ojalá algún día, y esperemos que pronto, pueda llegar a lidiar en su tierra y demostrar la valía de El Onsareño. Presente y futuro del toro bravo en la isla de Mallorca.

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