Delgado de la Cámara: “Los ganaderos actuales seleccionan pensando en José Tomás y Morante”

La Casa de Madrid en Barcelona acogió el viernes pasado otra conferencia taurina, pero no fue una más. La de Domingo Delgado de la Cámara fue posiblemente una de las mejores que se recuerdan en la ciudad condal.

Bajo el título “Historia del toro de lidia, de animal silvestre a profesional del mundo del espectáculo”, el escritor y aficionado madrileño resumió 3 siglos de historia taurina en 45 minutos. A lo largo de su exposición relató la evolución del toro relacionándolo con la influencia que tuvieron los matadores de cada época, así como con el contexto histórico en el que se encontraban.

Las siguientes líneas pretenden servir de resumen de lo expuesto por Domingo Delgado de la Cámara:

El punto de partida es comprender que el toro era un animal manso y que ha sido el talento humano el que lo ha convertido en bravo. Los ganaderos han conseguido manipular el instinto de huida para hacerlos embestir.

Con es reflexión inicial nos saltamos una parte importante de la tauromaquia, la del lanceo a caballo de toros en plazas públicas para situarnos de lleno en el siglo XVIII cuando la burguesía empieza a entender el toro de plaza como un negocio. A través de tentaderos que consistían en picar el toro, separaban los animales de sus grandes rebaños en función de si eran aptos para arar (en este caso eran castrados ahí mismo), para carne o para la lidia (los que eran más bravos). Entre esos burgueses se encontraban Vicente José Vázquez, Rafael Cabrera y Conde de Vistahermosa. Además, aparecen otras castas como la Jijona en la zona centro y la Casta Navarra en el norte. Es a partir de ese momento cuando ya se puede considerar que el toro es un animal que bravea aunque se ignoran todavía conceptos de clase, humillación y nobleza, entre otros. En esta época surgen también las consideradas primeras figuras del toreo: Costillares, Pepe-Hillo o Pedro Romero.

Cambiando de siglo y entrando en el XIX, es la casta Vazqueña la predominante. En gran parte debido al Duque de Veragua, que llega a tener más de 2000 vacas. Esta ganadería era la que más caballos mataba en la plaza y eso era precisamente lo que determinaba el éxito de la corrida. Sus toros valían 1000 pesetas cada uno, hecho que llevó a llamar coloquialmente “un veragua” a un billete de mil, mientras que Lagartijo y Frascuelo, las grandes figuras del momento, cobraban unas 3000 pesetas. A modo de comentario, Lagartijo, más estilista, prefería las ganaderías andaluzas por ser más aptas para el toreo y Frascuelo, más tosco y más valiente, prefería las castellanas. Ambos tuvieron que torear de todo tipo de animales, puesto que en esa época la importancia la tenían los astados y los matadores no alcanzaron el poder necesario para elegir. Independientemente de la ganadería, los toros en esa época eran viejos y vareados, ya que comían lo que había en el suelo, pero con grandes cornamentas.

Pero esta situación cambia con el el reinado en solitario de Rafael Guerra “Guerrita” ya que ni Luis Mazzantini, ni El Espartero, ni Antonio Reverte pudieron rivalizar con él. Es tal el poder de Guerrita que empieza a escoger ganaderías andaluzas (Viuda de Murube, Marqués de Saltillo y José de la Cámara). Además, establece el orden de lidia para lidiar él los dos toros con mejor nota. Hasta ese momento se aceptaba que el primer toro fuera el más bonito, el quinto el de menor nota y el 6 el más chico. Por si fuera poco, también afeitó. Con la marcha de Guerrita (1899) y por orden de Mazzantini los toros pasan a sortearse a partir de 1900.

A continuación llegan Ricardo Torres “Bombita” y Rafael González “Machaquito”, pero al no tener tanto nivel y por lo tanto menos poder de decisión, el toro vuelve a subir. Los ganaderos se vengan por las humillaciones sufridas por parte de Guerrita y en esa etapa los toros aumentan de tamaño y se ven más comidos. Además, todos los ganaderos se unieron entorno a Miura y se funda la Unión de Criadores de Toros de Lidia cuando Bombita intenta subir los honorarios de los toreros que mataban las corridas de Miura, cosa que no consiguió.

El siguiente torero a destacar es posiblemente el que mayor impacto ha tenido en la historia del toreo. Con José Gómez Ortega “Joselito” empieza el toro y toreo moderno. Manda al asilo a Bombita y se dispone a mandar en el toreo en solitario, pero decide proteger a Belmonte por gustarle como torea. El joven prodigio fue el primero en girar sobe sus talones para seguir toreando. Belmonte, en cambio, toreaba en 8: pase natural y de pecho y asé repetidamente. Tal es su inteligencia y poder que empieza a aconsejar a los ganaderos en cómo tienen que seleccionar. El 3 de julio de 1914, con tan solo 19 años, Joselito se anuncia con 6 toros de Herederos Vicente Martín en Madrid y manda un claro mensaje que el toro que quiere es el de tipo andaluz (aunque esa ganadería era castellana tenía sangre andaluza). Incluso Miura y Pablo Romero se dejan aconsejar por Joselito para que sus toros sean más nobles y toreables. En esos años desaparecen muchos encastes, pero nadie se queja porque se entiende que se está mejorando el toro.

Con la llegada de Manuel Jiménez “Chicuelo” vuelve a subir el toro. En 1928, durante la dictadura de Primo de Rivera, surge el peto para los caballos. En las guerras deja de utilizarse la caballería de sangre, hecho que tiene un impacto directo en la tauromaquia. Las plazas compraban los peores caballos que ya no servían para la guerra, pero al no tener ese surtido tuvieron que inventar algo para no tener tantas bajas equinas en cada corrida. Es ahí cuando surge el peto. Como los toros dejan de matar caballos, empieza a tener más importancia la muleta. Sin embargo, el toro también pierde el perfil mítico, aunque va ganando bravura ya que los puyazos cada vez son más fuertes y largos.

Entrados en la Guerra Civil, nos encontramos con una cabaña brava muy perjudicada. Ambos bandos mataron muchísimos toros para poder comer. Se tiene que reducir el tamaño de los bureles y lidiar toros de menor edad si se quieren seguir dando corridas. Como se pretende dar una imagen de normalidad, se opta por seguir con las corridas reduciendo el trapío de los astados. Aparece en escena Manuel Rodríguez “Manolete” y es tal su calidad como torero que da igual lo que tuviese delante. Es el IV Califa el que empieza a torear como lo conocemos ahora. Desde Joselito a Manolete transcurren 20 años y en ese periodo el toro experimentó más cambios que en cualquier otro periodo de la historia.

En la década de los 50-60 hay grandes toreros como Luis Miguel Dominguín, Julio Aparicio, El Litri o Antonio Ordóñez, pero en los 70 el toro vuelve a subir, por falta de nombres importantes. En los 70 y 80 el toro tiene que lidiarse con una edad, sube el volumen, pero el toro no está preparado para aguantar la lidia y se ve justo de fuerzas y de juego.

Y llegamos a nuestros tiempos. En cuanto al toro al toro actual, con volumen, clase, no se cae, humilla y aguanta muchos más puyazos tiene el defecto que emociona poco. Los ganaderos seleccionan en función de José Tomás y Morante de la Puebla, los dos últimos grandes toreros. El problema es que normalmente esos toros tienen delante toreros muy mediocres artísticamente. Antes el toro tenía emoción, transmitía peligro e imprevisibilidad. Saltaban al callejón, se tenían que utilizar banderillas negras y cada toro tenía su lidia. Mirando al futuro habría que buscar menos nobleza y más motor. Ahora también se podan muchos encastes, pero a diferencia de la etapa de Joselito, no es para mejorar el ganado. A este punto del monoecaste se llegó por varios factores: el toro es más fácil de torear y el malo de Domecq es menos malo; por exigir un tamaño y un trapío igual a encastes desiguales y por la estrategia de Victorino Martín y otros ganaderos por no querer vender sus toros a nuevos ganaderos por tener él una marca única. Juan Pedro Domecq no siguió la misma política de negocios y vendió toros y vacas a los noveles.

Estas fueron las conclusiones a las que llegó Domingo Delgado de la Cámara en una Casa de Madrid llena de aficionados. En la mesa le acompañaron Fernando del Arco, Cristian Alfaro, alumno de la Escuela Taurina de Catalunya y Florencio García, presidente de la Casa de Madrid.

Foto: Tendido 5

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