Diego Urdiales, el de Arnedo

En la tercera cambió el gesto. Como un reencuentro con lo suyo, sin más apuesta que la propia apuesta. La tercera mil veces repetida, como si fuera el primero y el último en hacerlo en la historia de la feria más larga del mundo, la última tarde antes de que se anunciara el fin porque no había pasado nada. Y en el ambiente, hasta cierta gana de que siguiera reinando la nada, con esos dientes afilados a la espera de cantar victoria.

Diego Urdiales llegaba a Las Ventas con la de Adolfo Martín, que estuvo a tono con esta semana trágica de bravura. Y el riojano, con el semblante tranquilo, se empeñó en ser el Diego de Arnedo. Ni ataques, ni prisas, ni vulgarización. Caricia, tiempo, temple y tempo. Capaz total para lidiar y argumentar con el primero, para no apretar cuando no debía hacerlo y querer ligar en el momento justo. Paciente para esperar a que rompiera o no, como ocurrió en el cuarto. Todo tan justo y tan medido que no faltó de nada. Bueno, sí, faltó casta y bravura animal.

Las espadas estaban en alto tras las tardes de Cuvillo y Victoriano porque Diego no fue Urdiales. Y se puso el mono de trabajo porque eran tardes que dicen no se podían ir, porque eran esas tardes de ganaderías anheladas, porque eran las dos primeras de tres. Entonces salieron las carencias de unas formas que no son suyas, de una presión reflejada en el rostro, de unas ganas de pegar pases porque parecía que venían firmados en esas tardes de campanilllas; pases, pases y muy seguidos si era posible. Solo cuando Urdiales se volvió a convertir en el Diego de Arnedo, consiguió ese poquito, otra vez revelador de que es esto del toreo, que le dejó su primer adolfo. Cuatro lances toreando por el derecho, que por el izquierdo no se podía y había que lidiar. Una docena de muletazos. El pecho por delante. Una media en el quite al de Castella. Y la espera ante el cuarto, acompañando hasta que el toro no pudo más. Tanto en tan poco.

Como escribió el gran González Abad tras la primera de Cuvillo, puede que Diego Urdiales, hoy, viniera con la tranquilidad de traer el décimo comprado en Logroño, en la puerta de casa. Y no tocó más que la pedrea, pero los otros dos comprados en la Doña Manolita, donde todos quieren comprar, trajeron la desolación de la esperanza fallada. Y casi olvidamos (¡qué barbaridad!) que representa este torero la dosis necesaria de naturalidad, sin retorcimientos, de plantas asentadas, sin exageraciones, de ir, de venir y de quedarse. Y si la espada del cuarto cae en el primero, corta una oreja.

Aunque eso son despojos. Me quedo con las caricias. Y con la ilusión de buscar la próxima actuación de Diego Urdiales, el de Arnedo.

(Foto: Javier Arroyo)

2 comentarios en “Diego Urdiales, el de Arnedo

    1. La pregunta que se hacen muchos es ¿El toreo nace o se hace? La respuesta es sencilla pero muy dífícil de encontrar(preguntenselo a Don Diego de Arnedo) el toreo SE BUSCA. Figuritas busquen, busquen,… y ustedes aficionados tambien y si encuentran uno que lo interprete mejor que Don Diego…comprenlo.

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