Hoy se demostró dónde está realmente el enemigo de la Fiesta: esta tarde, en Inca, estaba sentado en el palco presidiendo la corrida.
El triunfalismo se instaló desde el inicio del festejo. Un palco indecente, dirigido por Don Jaime Pons y asesorado por José Barceló “Campanilla”, acabó marcando el desarrollo de una corrida en la que el rigor brilló por su ausencia. La consecuencia fue clara: una sucesión de trofeos desproporcionados y una sensación general de desorden en los criterios de premio.
La tarde se rompió pronto con el primer toro de Capea para Hermoso de Mendoza, un ejemplar parado de salida al que el rejoneador supo sacar partido con su habitual repertorio de quiebros, piruetas y banderillas cortas en los medios. Sin embargo, la petición no fue suficiente para justificar un premio que llegó más por inercia que por contenido real.
Borja Jiménez se encontró después con un toro de La Palmosilla justo de fuerzas y sin entrega. Su labor fue de mimo constante, intentando sostener la embestida sin forzarla en exceso. Una faena correcta, de oficio, premiada con una oreja sin petición clara en los tendidos.
El tercero ofreció algo más de contenido, con un toro que permitió los mejores momentos al natural. Marco Pérez dejó muletazos de mérito por el pitón izquierdo, aunque la obra quedó condicionada por los enganchones y una espada defectuosa. Aun así, el premio volvió a caer del lado generoso del palco.
A partir de ahí, el protagonista absoluto fue la presidencia. Un palco sin criterio, sin rigor y sin capacidad para medir las faenas convirtió la tarde en una sucesión de trofeos sin equilibrio. La sensación general fue la de una plaza entregada más a la concesión que a la evaluación real de lo ocurrido en el ruedo.
El cuarto, lidiado por Guillermo Hermoso de Mendoza, del hierro del Capea, fue uno de los más completos del festejo. Toro con fijeza, prontitud y transmisión, que permitió al rejoneador lucirse a dos pistas y brillar en banderillas al quiebro. Sin embargo, el fallo con el rejón de muerte no impidió la concesión de dos orejas.
El quinto, de mayor presencia, fue administrado con inteligencia por Borja, que supo darle distancia y cuidar sus embestidas. El toro fue a menos y perdió emoción con el paso de la faena, pero el fallo con la espada no evitó otra oreja discutida.
El sexto, para Marco Pérez, fue el toro de mayor contenido de la tarde. Con prontitud, recorrido y transmisión, permitió al joven torero una faena de conexión y firmeza, especialmente en un inicio de rodillas que levantó la plaza. La obra fue sólida por ambos pitones ante un toro de excelente condición. Dos orejas para el torero… y no se concedió la vuelta al ruedo para el toro de La Palmosilla.
Ahí quedó resumida la tarde. Cuando el toro no se premia, cuando la faena no se mide y cuando el criterio desaparece, el resultado es inevitable: el toreo pierde valor.
En Inca, el criterio fue el gran ausente.
En Inca se demostró que la afición perdió la afición, el rigor y el buen gusto.

