De safari por el Valle del Tiétar

Hay una obsesión contemporánea por marcharse lejos. Cuanto más lejos, mejor. Nos hemos convencido de que la aventura empieza a miles de kilómetros y de que la autenticidad solo existe si obliga a coger dos aviones y alguna vacuna. Safari, Japón, el sudeste asiático o cualquier lugar donde uno pueda hacerse una foto mirando al horizonte como si acabara de descubrir el sentido de la vida. Luego vuelven sin conocer media España, que también tiene mérito.

No digo que viajar esté mal. Al contrario. Pero siempre me ha parecido extraño eso de cruzarse el planeta mientras aquí desconocemos -y despreciamos- hasta lo que tenemos al lado de casa. Mucho león africano tumbado en la sombra de una acacia y luego jamás han pisado una dehesa.

Por eso tuvo tanto sentido la iniciativa de UTYAC, que facilitó un viaje al campo bravo para acercar a aficionados a un mundo que muchos conocen únicamente desde la plaza. Medio centenar de catalanes atravesando España camino de la finca de José Escolar. Un planazo.

Esperaba José Escolar. Un hombre hecho a sí mismo, rozando los noventa años, que se encontró esto de ser ganadero casi sin buscarlo y acabó construyendo una de las ganaderías más bravas y singulares. A base de sacrificios y buenas decisiones ha acabado posicionando su hierro en las ferias más importantes de España y Francia. “Que te quiera tu mujer después de cuarenta años está muy bien, pero lo que tiene mérito es que te siga eligiendo después de tanto tiempo», explicó el ganadero a unos aficionados que se arremolinaban a su alrededor.

De este modo UTYAC permitió a sus socios descubrir al toro bravo en su hábitat natural. Ver cómo se mueve, cómo trota, cómo observa. Tan distinto al comportamiento que el aficionado contempla durante quince minutos en la plaza. En el campo aparece otro animal.

Los toros impresionaban. En un cercado estaban los de Pamplona, fáciles de identificar aunque anduviesen juntos y revueltos con los de Mont de Marsan y Céret. En otro, apartados de todo, los de Madrid, ya desenfundados esperando ser lidiados la próxima semana en la plaza más importante del mundo. Y más allá, un cercado inmenso con centenares de vacas siguiendo el remolque entre encinas, como si aquello fuese una película antigua del oeste rodada en pleno Valle del Tiétar.

También andaba por allí El Fundi, aunque sin bajarse del caballo en ningún momento. Saludando de lejos, manteniendo una distancia diplomática. Debe de estar cansado de escuchar aquello de “yo le vi en inserte aquí una plaza con una de inserte aquí corrida dura”. Cualquier combinación sirve. El aficionado taurino tiene algo curioso y es que siempre estuvo exactamente en el sitio correcto el día exacto.

Para redondear el planazo, la organización aprovechó el viaje para pasar el día previo en Madrid y acudir a la llamada de Víctor Hernández. El aficionado barcelonés, huérfano de José Tomás desde hace demasiados años, sigue buscando cualquier parecido razonable que le alivie la abstinencia. A veces basta una manera de quedarse quieto, un capote a la espalda o un natural para volver a ilusionarse. No fue su tarde.

Tras el tute del fin de semana, el medio centenar de aficionados catalanes -cada uno de su padre y de su madre- volvieron a casa con el depósito de afición lleno. Porque todavía queda gente capaz de cruzarse media península por un toro. Y eso, tal como está el patio, resulta hasta emocionante. A veces uno necesita menos viajes exóticos y más pararse bajo una encina a escuchar a un viejo ganadero hablar de las hazañas de Curioso y Costurero.

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