En la muerte de Víctor Barrio

Ni siquiera nosotros estamos preparados para ver la muerte. El fin de la vida nunca es un espectáculo. La muerte está siempre al lado de la vida, una finísima línea que nos acompaña siempre en el trayecto y que Víctor Barrio traspasó ayer en Teruel, como el pitón de Lorenzo lo hizo con su cuerpo.

Ese toro de Los Maños, marcado con el número 26, se llevaba por delante y contra el suelo la vida de un torero de 29 años. La muerte rápida, instantánea, en directo de un hombre. Rápido te das cuenta que no estás preparado para verlo, ni para vivirlo, ni para que te lo cuenten. Víctor Barrio puso de manifiesto, sin quererlo, que la Tauromaquia vive en un complicado espacio que hoy es difícil explicar. Ayer, quizás no. Pero en un 9 de julio de 2016, sí.

No pude dejar de pensar en el desprecio de la vida que cada tarde de toros hace un torero. Y no vi, ni veo, ninguna grandeza en la muerte, ni gloria, ni honor. Adjetivos que le pongo a la vida antes de quedar destrozada. Y pensé en tantos toreros que luchan por un sueño imposible, como podía ser el de Barrio, a pesar de saber que detrás de la vida está la muerte y de que los sueños, sueños son. Que detrás de sueños imposibles, esos que todos más o menos tenemos, puede estar la nada, la mentira, el sufrimiento. O la muerte. Esa que sabemos que está en una tarde de toros, que no queremos que llegue, que flirteamos con ella, a la que nunca invitamos y siempre se pasea por allí.


El pensamiento fue, especialmente, el de sufrimiento. Sin saber quien era, me acordé sobre todo de esa madre del torero muerto. Porque una madre, y un padre, no está preparado para vivir la muerte de un hijo. Es contra natura, no es ley de vida. Y volví a pensar en los sueños que se llevan por delante a los que están al lado, los que vivirán con la muerte encima de sus vidas para siempre. Veo tan injusta la muerte de Víctor Barrio como la muerte en vida de, particularmente, una madre. Puede que no haya derecho a ninguna de las dos. Unos se van y otros siguen.

Hoy, ya a 10 de julio de 2016, sigo buscando. Hoy no es 31 de agosto de 1985, ni 29 de agosto de 1947. Es el día después de la muerte de un torero, otra vez en un ruedo, otra vez en directo. Habré de intentar buscar acomodo y digerir que puede volver a pasar. Que la muerte es solo el fin de una vida, de un proceso tras el cual debe venir otro. Convencido, además, que esa grandeza que dicen ganada, marcará más de lo que imaginamos. Aunque no queramos darnos cuenta y aceptarlo.

La realidad desgraciadamente nos dice que Víctor Barrio ya no forma parte de nuestro mundo porque cumplió demasiado joven el trayecto de su vida.

Sigo sin ver grandeza en la muerte. Y en la de Barrio, tampoco.

Un comentario en “En la muerte de Víctor Barrio

  1. Totalmente de acuerdo, Paco. Sigo convencido, como tú, que la grandeza de la tauromaquia no reside en la muerte, aunque siempre ande rondando por los ruedos. El 30 de agosto de 1987 publiqué en Diari de Barcelona el artículo “Fa quaranta anys va morir Manolete, l’innovador sense escola”. En un apartado titulado “Ni heroi ni màrtir” opinaba que “hay una diferencia básica en el papel que juega la muerte en el toreo y, por ejemplo, en el oficio de un albañil. En el toreo -como en el circo, las carreras de motos o el alpinismo- el riesgo es un componente que aumenta el mérito. Ningún aficionado va a la plaza a ver morir al torero. Como nadie va al circuito a ver estrellarse al piloto. Pero el riesgo colabora sobremanera a valorar la pericia del toreo o el piloto. El riesgo es, para muchos aficionados, imprescindible. El albañil, en lo alto de un andamio, también tiene riesgo. Un riesgo, sin embargo, que ni quita ni añade valor a su destreza profesional. Es un riesgo a menudo inevitable, pero nunca necesario.
    La muerte del torero en el ruedo, ¿es el tributo, no deseado por nadie, a un riesgo asumido por todos? ¿En eso consiste el heroísmo? La muerte del torero en el ruedo, como la del albañil en la obra, es siempre fruto de la mala suerte o de un error. Son dos muertes igual de trágicas e igual de inútiles. No tienen más valor que la propia dimensión de la tragedia. Sublimar la muerte del torero es exigir mártires para valorar el arte del toreo. Yo no creo en los héroes ni en los mártires”.
    Dicho esto, ni que decir tiene que, como tú y como todos quienes amamos la tauromaquia, siento un profundo dolor por la muerte de Víctor Barrio, en tanto que persona llena de vida e ilusiones y como torero.

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