José Tomás y Jordi Pujol, los culpables de mi afición a los toros

Los que me conocen sabrán que me gusta hablar más bien poco de mi mismo. Me da vergüenza y me produce un tanto de rechazo cuando lo veo en otras personas. Hoy haré una excepción en este artículo sobre la primera vez que fui a los toros. 

Yo no tenía ni puta idea de toros. Nadie de mi familia era aficionado. No sabía por qué, pero desde hacía años yo quería ir a ver una corrida. Algo inexplicable me atraía. Tuve que esperar hasta los 14 años para poder entrar a la Monumental de Barcelona. ¡Gracias Pujol! Por fin, con 14 y un mes, cumplí un sueño. Mi Mercè no sería como la mayoría de los chavales de mi edad. La primera corrida a la que pude ir fue a la del 21 de septiembre de 2008 en un cartel formado por un señor mayor que se retiraba (Luis Francisco Esplá), el mejor torero de la historia (José Tomás) y un catalán (Serafín Marín). Era lo único de lo que me había enterado. No me preocupé en saber de quién eran los toros. Tampoco sabía que eso fuera importante. Sin alguien que me explicara o comentara la tarde, me senté en tendido alto de sol con mis padres y empezamos a ver la corrida. Ellos dudaban si aguantaríamos hasta el sexto toro. Por eso de la violencia, crueldad e insensibilidad. Tras la lidia y muerte del primero supimos que no tendríamos ningún problema para ver otros 5 toros. Lo que no sabíamos en ese momento es que después de esa tarde vendrían centenares más.

Como para casi todos nosotros, la primera vez fue espectacular. Y no necesariamente por la importancia de las faenas. Muchos detalles con los que fijarte, miles de instantes para analizar, un sinfín de situaciones que te llevan al límite, emociones muy fuertes, muchas de ellas contradictorias… Rápido te das cuenta que nada de lo que ocurre en un ruedo es comparable a ninguna otra cosa en el mundo.

10 años después de mi primera tarde, todavía recuerdo muchas de esas cosas. Sin embargo, el faenón de José Tomás a Idílico eclipsa todo lo demás. El diestro de Galapagar e Idílico, de Núñez del Cuvillo, se fusionaron en la boca de riego de la plaza. El toro no se cansaba de embestir y el hombre cada vez menos hombre y más héroe, clavado en la arena sin rectificar su posición jamás estaban formado una obra efímera que se me quedaría clavada para siempre. Eso era distinto a todo lo vivido en mi corta edad. Era incapaz de saber si el toreo era eso o no, pero tenía claro que la emoción fuertísima de ese momento me fascinaba. Minutos después, La Monumental fue cambiando los olés por los gritos. No entendía lo que decía la gente casi al unísono. Una tanda después entendimos que estaba pidiendo “indulto, indulto”. En ese momento la cabeza estalló. ¿No iban a matar a ese toro? Pedimos confirmación al vecino de tendidos y nos sumamos a la petición. Era el delirio colectivo. Cuando asomó el pañuelo naranja la gente dejó de gritar y empezó a darse abrazos. El ambiente estaba cargado de emoción y felicidad. Estábamos viviendo una tarde histórica.

Mi admiración hacía José Tomás se había confirmado completamente. Había empezado ya cuando en su reaparición del 2007 fui a verle entrar en furgoneta a la plaza. Yo, con 13 años, no podía entrar y me conformaba con ver el ambiente inicial y final. Su rostro serio y su mirada perdida al entrar a la plaza me dejaron marcado. Todos entraban saludando y sonriendo. Él era distinto. Él iba dispuesto a algo más que los otros. Esa mirada se me quedó grabada y estuve toda una semana en clase pensado en él. Hasta me regañó la profe de mates por mirar todo el rato por la ventana.

Tras el veredicto del presidente, José Tomás acompañó a Idílico a corrales. No simuló ni la suerte de matar. El final de esa faena se acercaba, pero empezaba mi afición a los toros. Era ya inevitable. En el momento que José Tomás le perdonó la vida a Idílico, le dio sentido a la mía. La Monumental estalló como si hubiese marcado Messi en el Camp Nou. Desde ese 21 de septiembre de 2008 no ha habido ni un solo día que no haya pensado en toros. 

¡Gracias maestro, hasta pronto!

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