La mala suerte de varas

Rara vez vemos al picador colocar el caballo de frente, ofreciéndole el pecho del caballo al toro en el cite y picar en lo alto. Ahora, el piquero se acostumbra a poner, casi por norma general, perpendicular al astado a esperar a que este llegue para picarlo. El dejar de intentar vender lo que se está haciendo y dejar esta suerte a su suerte (valga la redundancia) nos lleva a una vulgarización del espectáculo que parece importar muy poco a los responsables del mismo.

Es después del topetazo con el peto cuando los del castoreño dan rienda suelta a su amplio repertorio de guarradas y es entonces cuando hacen méritos suficientes para cambiarles el oro de los trajes que tan dignamente se ganaron sus anteriores por el azabache, en memoria de la suerte de varas. Puyazos traseros o muy traseros, caídos o muy caídos y pinchando hasta acertar en el lugar que creen que es el correcto. ¿Pero qué más da?, si hasta el rabo todo es toro, pensarán ellos. Pues importa mucho, ya que todo puyazo que no sea centrado y en el tercio posterior del morrillo puede provocar graves lesiones al toro, dificultar su movilidad. Igual eso es lo que pretenden.

Cuando sale un toro que se mueve un poco más de lo normal, el picador, con el consentimiento de su matador, empieza a hacer fuerza hasta quitársela a la res. El ¡vale, vale! tan intencionadamente confundible con el ¡dale, dale! del torero pretende trasladar toda la responsabilidad al que monta, quedando ellos exentos de toda culpa. Llegará un día en que entreguen el premio a mejor estocada de la feria a algún picador, puesto que de sus caballos salen muertos gran cantidad de toros. Por el contrario, si el toro va justo de fuerzas, el picador tan solo señala el puyazo sin importar el sitio y se gana la ovación del respetable. En definitiva, es casi imposible ver un tercio de varas en condiciones y es una lástima que tanto los de arriba como los de abajo vean la suerte de varas como un mero trámite.

Para poder disfrutar de la belleza de este tercio, se tendría que volver a hacer la suerte correctamente. Empezando por colocar, sin prisas, el toro evitando que entre al caballo por inercia a la salida de un capotazo y siguiendo por provocar la arrancada picando en el morrillo sin infringirle un castigo excesivo. No parecen unas condiciones tan difíciles de cumplir, solo falta voluntad de realizarlo adecuadamente. Cuando todo esto se cumple, salimos ganando todos, pero sobretodo la tauromaquia ya que no podemos permitirnos el lujo de suprimir una de las partes más importantes de la lidia porque el siguiente paso sería el de acabar con las banderillas y poco a poco la riqueza de una tarde de toros quedaría reducida a tres tandas con la muleta.

 

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