Las Arenas, siempre torera: 115 años de historia

Un sigo y tres lustros después, la plaza de España de Barcelona sigue teniendo torería. Una de las obras más bellas, más coquetas, más toreras. Las Arenas celebra hoy su aniversario convertida, desde hace años, en otra cosa. Lo taurino por el consumismo. Lo sublime por lo banal. Situada en el otro extremo de la ciudad donde se encuentra la Monumental, su fachada fue respetada, rehabilitada. Lo dicho: de punta a punta de la Gran Vía, Barcelona es torera.

Cerrada desde aquel 1977 (http://www.vadebraus.com/la-ultima-tarde-de-toros-en-las-arenas/), albergó espectáculos cómicos en las noches de San Juan hasta mediados de los ochenta. Después llegó el olvido, el abandono, el deterioro, la vergüenza. Y fue en su centenario, cuando en su propio nombre, en el ya desparecido espacio de radio La Puerta Grande de Ràdio Ciutat de Badalona, se leyó esta carta. Fue el 31 de julio del 2000.

Después de muchos años en silencio, me veo obligada a levantar la voz. Acabo de cumplir cien años, pero no me siento mayor. Soy Las Arenas de Barcelona y me dirijo a la afición que hace años dejó de visitarme. Nadie se acordó el pasado 29 de junio de mi cumpleaños, justo un siglo después de que Mariano Ledesma e Isidro Grané a caballo y a pie Alejandro Alvarado “Alvaradito”, Luis Mazzantini, Antonio de Dios “Conejito” y Antonio Montes cruzaran mi albero por vez primera.

Cartel de la inauguración de Las Arenas.
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Y aquí sigo en pie, a pesar de que muchos quisieran verme caer. Me siento sola, desprotegida y con las fuerzas justas para aguantar, para no dar el gustazo a los políticos que este año me han condenado a muerte. Ya no estoy en el libro del ayuntamiento como monumento histórico artístico y presiento que mi final se acerca.

Ahora veo con envidia a mi hermana y vecina la Monumental, que vuelve a sonreír, justo cuando la afición vuelve a llenar sus tendidos.

Una mala gestión empresarial cerró mis puertas y me mandó al ostracismo. Yo, que he sido una de las plazas más bellas de España, he visto como los ladrillos tapaban mi fachada principal, así como mis puertas de acceso, quemadas por indigentes y drogadictos, mis más fieles compañeros en los últimos tiempos. Hace unos años, en unas Navidades, los bomberos me echaron un horrible manto verde para que no dañara a nadie, porque nadie se hace cargo de mis desperfectos.

Aún hoy no pierdo la esperanza de seguir en pie y que alguien se acordara de mí como plaza de toros y, por qué no, volver a abrir mis puertas. Porque igual que los toreros mueren siendo toreros, yo moriré como plaza de toros, con la cabeza alta y sin perder mi orgullo y mi categoría que en su día tuve como primera plaza de España.

Puede que estas sean las últimas letras que escribo porque mi destino está escrito. Solo os pido que hagáis un ultimo esfuerzo para cambiarlo y si no podéis , que me recordéis por aquellas tardes de gloria y los buenos momentos vividos. A los toreros que aquí torearon agradecerles su visita y a los que no lo hicieron, que sepáis que mis puertas no fui yo quién os las cerró. A todo el planeta taurino, GRACIAS.