Basta de casta

En esta feria de Sevilla ha habido ausencias de todo tipo. Han faltado las figuras y el que no tiene hueco, el público y el aficionado, el toro (a pesar de las grandes corridas de Fuente Ymbro, Victorino Martín y Cuvillo e importantes toros de El Pilar) y un buen picador. Todo esto es secundario cuando falta el pilar básico de la democracia, la libertad de expresión.

En la penúltima corrida del ferial, unos aficionados levantaron una pancarta reivindicando la vuelta de los toros a Barcelona e instantes después la seguridad de la plaza se la retiró sin motivo alguno.  Hasta ahora sabíamos que la tauromaquia era el espectáculo más democrático del mundo, pero en Sevilla este argumento se devaluó en ese miso instante. Porqué, Sevilla, ser democrático va mucho más allá de ondear un pañuelo blanco sin parar pidiéndole las orejas al torero más bello. Ni la Maestranza ni el lumbreras de la Casa Pagés que ordenó retirar la pancarta  estuvieron a la altura como tampoco lo supieron estar en el domingo de resurrección dónde se le quitó otra pancarta con un mensaje muy similar a un aficionado catalán. El público sevillano prefirió mirar hacia otro lado igual que lo llevan haciendo la mayoría de profesionales cuando Catalunya y toros están en una misma frase. Una actitud totalmente indignante en un tiempo en el que todos se llenan la boca pidiendo unión para defender la tauromaquia, pero que con pequeñas acciones como estas, remar en una misma dirección se antoja muy difícil.

Al mismo tiempo, en la plaza de la Misericordia de Zaragoza se ovacionaba a la afición catalana que se desplazó en masa para ver a Serafín Marín en su primera actuación del año. No solo se demostró la sensibilidad, el respeto y el cariño de la afición maña hacia los catalanes sino que también quedó patente su compromiso con la fiesta.

La casta de Sevilla consiguió callar a los aficionados pero que se enteren que ni ellos ni nadie serán capaces de silenciarnos y que seguiremos luchando para que vuelvan los toros en Barcelona.

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