Y algunos quisieron quemar la plaza antes de Manzanares

Después de lo de ayer del manso de Saltillo, después de que se anunciara el fin de la tauromaquia, después de eso, se reinventó Manzanares. Pues ni lo primero ni esto último es verdad absoluta porque no la hay. Cada uno la suya. La relatividad que dicen a la que el toreo no escapa.

El caso es que me pongo a escribir para salir, aunque sea por un momento, del cabreo continuo en el que vivimos de manera tan especial aquí, en esta Barcelona en la que no todos quieren que contemos. También porque merece la pena y porque de complejos no debiera vivir el ser humano, ni de miserias. Si ayer en Las Ventas, José María Manzanares consiguió emocionar, se dice, se escribe y no pasa nada. Que el alicantino venía a su única tarde en el abono madrileño marcada con la cuesta abajo de su propia trayectoria, con todo preparado para firmar cualquier sentencia, también se dice, se escribe. Pero con esto sí pasa. Pasa que al filo de la bocina que marca el final de más de un mes de toros, todos nos pusimos de acuerdo. O casi.

Porque salió un toro bravo de Victoriano del Río, al que Manzanares puso con dignidad en el caballo para que el gran Delia (que así se llamaba el funo) tomara dos varas dejándose una parte de sus riñones. La otra parte la dejó para entregarla en el último tercio, con un especialmente gran pitón izquierdo. Todos de acuerdo nuevamente. O casi, otra vez.

Orejas a parte, de que Manzanares toreó con la mano izquierda no me cabe duda, como en un cambio de mano, varios trincherazos o algunos pases de pecho, sin olvidar el estoconazo en la suerte de recibir. Toreó. No hace falta decir más. Pero de entre una medida faena (¿es que no veis, toreros de producción, que con 20 muletazos se revienta Madrid? ¿Para qué más?) intento quedarme con algunas claves más. Porque me resulta curioso que el buen toreo a la verónica y el posterior quite por chicuelinas que interpretó el diestro sea rara avis en su repertorio, tanto por resultado como por ni siquiera intentarlo. Quien recuerde, ya no solo por calidad, un quite de este torero… O es que ando mal de memoria. Y aquí vuelvo a resaltar que quiso hasta lucir al bravo toro bravo en varas. Sí, esta tarde sí. Otras… Pues eso.

No, no creo que haya renacido. Más bien creo en reinventarse, en descubrir a los ojos de los aficionados una mano izquierda, una naturalidad sin retorcimientos, en definitiva torear. Entonces nos sumamos todos y me pongo el primero, como también lo hago para decir que esperanzas en lo ocurrido no tenía. Escrito queda para que conste como insuficiente motivo para que, a través de la fría imagen de la televisión, se pueda gritar olé y quedarse tan ancho. Y tan feliz.

El que a continuación, más abajo, vea las imágenes, el que no lo haya visto, que no espere encontrar tanto como digo. No porque sea mentira, no porque exagere, sino porque una de las grandezas de esto, del toreo, es que lo vives o te lo cuentan. Fui de los primeros. Y me emocioné porque hubo toreo. Del caro. De Manzanares.


Solamente cabrá esperar si es lo nuevo de él. Si será la nueva senda de un torero que apueste por hacerse presente en la lidia. Pero hecho queda el día que Manzanares enloqueció la plaza que muchos (y escrito está) quisieron quemar 24 horas antes sin saber que ya no quedaban mansos de Saltillo y sí algún bravo de Victoriano. Sabiendo que aquí no existen los clichés y que en el fondo no se mira mucho más allá del toro y del torero, sean y vengan de donde sean.

Como si esto se inventara ayer. ¡Qué impacientes!

Foto: Javier Arroyo

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