José Tomás, el último ídolo. Sin pizarra

La afición de Barcelona no necesitaba grandes nombres para encontrar a su torero predilecto. Muchos pasaron para quedarse en el corazón de unas gentes, aún siendo novilleros, otros perdieron su vida en la Monumental. Y todo dio paso al último ídolo hasta hoy: José Tomás.

Esta es la VI Entrega de 100 años de la Monumental. Un siglo de pasión, conferencia pronunciada por Gerard Mas y Paco Píriz en el IV Congreso Taurino de UTYAC (para ver la V Entrega, haz click en Barcelona, una decadencia al margen de banderas y nacionalidades).

Merece la pena hacer hincapié en esa obsesión fetichista que ha ido pasando de generación en generación, llegando hasta la última de la que hoy formamos parte. No hay una afición como la de Barcelona. Ni siquiera en todo ese Mediterráneo, capaz de impregnar de una manera de sentir distinta. La Monumental, fue cogiendo la forma y el fondo de una gente que idolatraba al torero más grande y al más nuevo. Ser figura del toreo no suponía pasar a formar parte del corazón del aficionado. Si los casos antes referidos son los más fáciles de entender, no significan que solo fueran los nombres rutilantes en los que se fijara. No hacía falta ser un grande.


Que le pregunten al maestro Dámaso González antes de serlo como se apasionaba la afición con un chaval desconocido. Revolución Dámaso en Barcelona. Como la expectación del que acabó siendo un mechón de pelo blanco al que peregrinar. Ese Antoñete que llegó con los bolsillos rotos y se fue para Madrid con un puñado de billetes para pasar un invierno feliz. Porque se lo ganó siendo un novillero al que Don Pedro repetía en los carteles por lo ganado en el ruedo. Y todos ganaban.

Tardes, aunque fuera una, que iban a suponer el recuerdo y la evocación de escuchar yo vi la tarde de… Emilio Muñoz, por ejemplo, con aquellas ocho orejas y dos rabos que lo hicieron entrar en el círculo de los elegidos. Y cuando nueve años después, tras una retirada, en el año 1990 abría la temporada en la Monumental, no volvía Muñoz: volvía el torero de los dos rabos. Otro novillero puntero elegía la Monumental para doctorarse: Francisco Rivera “Paquirri”, cogido la primera tarde anunciado para su ascenso en el escalafón, insistió y volvió a anunciarse en la que era su plaza para ser matador de toros. Paco Alcalde y su explosión, tan breve como intensa, podría unirse con la pasión despertada por José Fuentes, o años más tarde por aquel otro madrileño, Lucio Sandín, con el que se pudo llorar de emoción viéndole cuajar al toro de banderillas negras de Manolo González, como unirse al llanto de aquel joven Sandín por su compañero caído en Colmenar.

Ser figura del toreo no suponía pasar a formar parte del corazón del aficionado. Que le pregunten al maestro Dámaso González antes de serlo como se apasionaba la afición con un chaval desconocido. Revolución Dámaso en Barcelona

Todos los mencionados, todos los que hicieron vibrar a esta afición, pudieron vivirlo: esa manera de romperse con aquel torero que volvía después de un triunfo o tan solo de una gran tarde. Ya podían pasar días, meses o años. La ovación tras el paseíllo, ese sacarlo al tercio. Esa forma de decir que un triunfo aquí al menos alimentaba el alma del torero. No todos podrían decir lo mismo.

 

Sí, el llanto también ha tenido lugar en este siglo de pasión. Seis toreros caídos en la arena de la Monumental. La primera tarde trágica llegaba en junio de 1920 al fallecer el picador Manuel Liñán, tras una brutal caída del caballo de la que no pudo recuperarse. Antonio Calvo “Farnesio-Chico” en 1933 también moría en parecidas circunstancias. Y otro subalterno, esta vez de los de a pie, fallecía tras ser alcanzado por un toro contra la barrera: Mariano Alarcón, padre de nuestro socio José María Alarcón, moría en aquel 1952. Seis años después perdía la vida el novillero Rafael Martín “El Zorro”, corneado al entrar a matar. El cuarto torero muerto fue Joaquín Camino, banderillero y hermano de otro de los toreros de gran calado en Barcelona, Paco Camino, tras recibir dos graves cornadas en 1973. Y tan solo una temporada más tarde, la afición catalana vivía un último momento terrible. José Falcón resultaba mortalmente herido tras sufrir una grave cornada en el muslo.

De la resurrección de finales de los 90 y de los finales (hasta ahora) de su vida activa con José Tomás al frente, el último torero de Barcelona. Ambos se eligieron en una declaración sincera. El uno para la otra. Pudo coger tanta vida como nos dio.

Por tanto, la Monumental ha sido capaz de albergar lo mejor y lo peor. Lo más alto y lo más bajo. De una explotación del coso a lo grande a la decadencia más feroz, al oscurantismo empresarial de la caja B que ocupó cada principio de temporada durante casi 20 años, coincidiendo con la entrada de una nueva generación en escena: los Balañá Mombrú aunque siempre supervisados por el, aún hoy, patriarca familiar. De esperar la Mercè como los días grandes de toros a su desaparición total, otra vez a oscuras en las fiestas de la ciudad. De la resurrección de finales de los 90 y de los finales (hasta ahora) de su vida activa con José Tomás al frente, el último torero de Barcelona. Ambos se eligieron en una declaración sincera. El uno para la otra. José Tomás pudo coger tanta vida como nos dio.

La Monumental está en deuda con el hombre que consiguió devolverla al primer nivel, el que la llenó hasta la bandera, el que la llevó a todos los hogares de una Catalunya que caminaba sin detenerse al abismo. Consiguió que vibrara, que sonara, que derramara incluso lágrimas de pasión, de sinceridad, de torería. Así eran las tardes del mejor torero que muchos jamás hemos visto y posiblemente de la historia del toreo. A José Tomás se le quiso tanto como se rompió aquel amor una tarde de junio de 2002. Cinco años de espera, de travesía, de búsqueda hasta que se encontraron aquel 17-J de 2007 para declarar a los cuatro vientos que habían vuelto. Ella y él. Y con ellos, la alegría más pura de ir a los toros en Barcelona. Silencios, olés. Calle la música. Que hable el toreo escrito en el más bello libro que se pueda encontrar. José Tomás cerraría ese trío de ases que compone junto a Manolete y Chamaco. Con una diferencia. José no necesitó esa pareja de baile oficial. Sin un Arruza o un Bernadó. Se bastó con compartir cartel con cualquier torero, con cualquier figura. El Juli, Ponce, Joselito, Finito, MoranteJosé Tomás y dos más (o en solitario), aunque no fueran cualquiera. Sin pizarra. Los tiempos ya habían cambiado.

 

 

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