Lo peor de cada casa

Si no me he atrevido antes a escribir lo que pensaba es porque las vidas de Mariano de la Viña y Gonzalo Caballero corrían peligro. Burlaron la muerte gracias a los maravillosos doctores Val-Carreres y García Padrós y aunque su mejora es constante su estado sigue siendo grave.

Los oportunistas más desalmados sacan a relucir su mezquindad cuando ocurren tragedias en los ruedos, lo vimos con Víctor Barrio e Iván Fandiño. En esta ocasión no perderé tiempo con las hordas de antitaurinos abonados a los linchamientos en las redes, de esa escoria ya se ha escrito mucho y para mí no tienen calificativos. Sin llegar ni mucho menos al nivel de los antis, con Gonzalo y Mariano aferrándose a la vida, algunos taurinillos encendidos volvieron a aprovechar una tragedia para sus fines, filias y fobias. Una vez más apuntaron con sus sucios dedos a una parte de la afición, la más crítica y exigente. Que éramos los culpables de lo que había pasado, decían los ruines. Que ya teníamos las manos manchadas de sangre, continuaban. Que nos gustan las desgracias, mentían. Se agradecería que no dijerais más idioteces, por favor, que bastante ridículo hacéis a diario ya.

Haceros a la idea que seguiremos quejándonos cuando nuestros héroes maten chotos desmochados, cuando lidien animalitos indignos hasta para Villamayor de Arriba, cuando su lengua sea más larga que sus astas o cuando no puedan con la penca del rabo. Tantos errores se cometerán cuantos culpables se busquen. Toro y torero son los únicos responsables de su destino. Para mí no es negociable, el toro tiene que ser siempre íntegro, como norma inviolable, aun asumiendo que así la tragedia está más cerca. Y sí, es cierto, cualquier toro por indigno que sea puede causar daños irreversibles, pero no por ello hay que dejar de exigir un toro íntegro en cualquier plaza con un trapío acorde a su categoría.

Los aficionados tenemos que convivir con muchas contradicciones y aceptar dilemas internos. El más grande, quizás, es que aun no queriendo que ningún torero se tuerza ni siquiera un tobillo, exigimos un toro capaz de matarlo. Puede que tengan un problema si se ofenden por esta última frase. Es crudo, pero la tauromaquia, entre otras muchas cosas, también va de esto.

Mi agradecimiento a esos hombres capaces de jugarse la vida cada tarde y a aquellos otros que están ahí para salvarles.

Foto: Ana Escribano

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