El palmero

Una de las figuras más emblemáticas de la tauromaquia moderna (entiéndase tauromaquia moderna como aquella que se ensaya precavidamente delante de una res aborregada, inválida y capitidisminuida) es, sin duda alguna, la del «palmero».

El personaje del «palmero» está muy presente en nuestros tauródromos cuando se acartelan a las figuras, figuritas y figurones. Acostumbran a ser más inocentes que una bebida carbónica, vulgo gaseosa, y su especialidad es la de convertir la corrida de toros en una fiesta regocijante y festiva en la que impera el aplauso fácil y el triunfalismo. Si se les cultiva su obsesión condescendiente y sin el menor atisbo de exigencia, suelen ser de una exquisita amabilidad pero, si se les lleva la contraria, se ponen tan peligrosos como algunas de las «alimañas» de Victorino. Son una especie prolífica que se reproduce por imitación o por contagio. Las temibles plagas de Egipto comparadas con el desarrollo de los «palmeros» son una auténtica nimiedad.

El «palmero» considera el destoreo de las figuras como una religión a la que rinde fiel y fervorosamente un culto. Un culto que es casi más un peloteo que otra cosa. Un peloteo a las nuevas formas de la tauromaquia que arrinconan la figura del toro y se centran en la labor pegapasista de la figura de turno. El curso constante de irresponsabilidades implantado por el sistema taurino encuentra siempre el beneplácito del «palmero» que, con su ignorancia festiva, contribuye a enturbiar muchísimo más, si cabe, el lamentable panorama taurino. El «palmero» disfruta y goza con esas interminables faenas de muletas compuestas con sesenta o ochenta pases y que exigen, por ende, ese tipo de torete depurado y hermoseado que ha visto modificado sus instintos de fiereza y bravura. Al «palmero» no le acaba de gustar la suerte de varas y llega al éxtasis si, al final de la faena de los cien pases, puede pedir el indulto del pobre mansito desnortado que ha salido rebrincado del caballo y ha perdido las manos diez o quince veces durante la faena de muleta. Con la cándida figura del «palmero», las figuras se encuentran cómodas en la plaza y se atreven a entonar el «baja tú» al pobre aficionado que tiene la osadía de censurar los desmanes y abusos de la lidia.

Al «palmero» no se le puede considerar aficionado a la Fiesta. No puede serlo. Asiste ocasionalmente a la plaza (cuando torean las figuras). Con su «gin tonic» y pelo engominado, no conoce otro encaste que el mismo que torean sus ídolos. ¡Y así se han cargado el tinglado!

Foto: El Mundo

8 comentarios en “El palmero

  1. Soy aficionado, podría decirse fanático, más no un gran entendido en el arte de Cuchares. Menos puedo alegar tener conocimientos enciclopédicos y menos aún categóricos o superlativamente cultos en el tema. Voy a Acho (Lima) todos los años y alguna vez me he sentado en Nimes.

    Entiendo que se critique al toro descastado, manso, falto de nobleza, débil de manos y en general, al toro facilón. Pero sobre todo entiendo que el torero se para frente a un bicho de media tonelada y se juega la vida como sabe, como puede y como le ligue. Una faena es como el vino: me gusta o no me gusta, me emociona o no me emociona, me pone los pelos de punta o me deja indiferente.

    Eso de decirle a los demás CÓMO tiene que gustarles la tauromaquia me sabe a petulancia digna de peores causas.

    1. Acabas de dar en el clavo. Una buena definición de palmero es como te has definido : la de un aficionado fanático, más no un gran entendido en el arte de Cuchares.

      1. Gracias Joan por tus comentarios. Nunca dudo en tratar de aprender desde 1975 que fue la primera vez que pisé un tendido. Lamentablemente, parece que me falta mucho para subir a la categoría de palmero porque no tengo el aplauso fácil, muy raramente he pedido el indulto del toro bajo la premisa que una corrida sin muerte del toro es como el sexo sin orgasmo, y mi límite lo fijo en 59 pases porque por encima de ello me aburro o me duermo. Confieso cierta debilidad por las figuras pero no descarto nunca ir a ver a toreros de menor renombre. Y que disfruto intensamente el ambiente festivo dentro y fuera de la plaza porque por algo se le dice fiesta a la fiesta brava. De castas sé lo mismo que de física cuántica porque con suerte en Lima hay de cuatro a cinco tardes por año y el resto del tiempo lo dedico a otras cosas.

        Y eso sí, gin and tonic ¡jamás! Mucho más agradable es un chilcano de pisco.
        Por lo demás, un gusto debatir contigo que conversando del tema también aprendo.

  2. y yo me pregunto con la de gente que tenemos en contra… antis, políticos, dueño de la monumental, etc etc etc … hay que meterse con el aficionado????? au ves

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