El síndrome orejero

Antonio Ferrera se ha alzado en triunfador indiscutible de la Feria de Abril de Sevilla con dos extraordinarias actuaciones en las que ha evidenciado un magisterio, una técnica y una personalidad que, a día de hoy, le convierte en uno de los mejores toreros del escalafón. Su toreo de capa, abismando el alma en sentimiento puro, nos regaló la auténtica belleza, autenticidad y emoción de la Fiesta. No se puede torear con más entrega, más sinceridad y más hondura.

Ferrera ha demostrado que se puede triunfar con rotundidad sin necesidad de cortar las dichosas orejas que tanto gustan a los palmeros. En esta acabada Feria de Sevilla se ha sufrido la dictadura orejera del numeroso clan palmeril de las figuras. En las redes sociales se ha ninguneado y faltado al respeto a los presidentes de las corridas por no haber obsequiado con despojos las faenas de sus ídolos. Un tal Morante se permitió el lujo, además, de cuestionar la afición del presidente por no querer concederle el trofeo. El excesivo triunfalismo de este público advenedizo, festivo y sin criterio alguno empieza a invalidar el premio de las orejas. En Sevilla se han regalado muchísimos trofeos que, en condiciones de normalidad, no se hubiesen dado. La segunda oreja del peruano Roca Rey, por ejemplo, es una oreja de verbena y plaza de talanqueras. No se puede engañar a los toreros de esta forma. Las orejas falaces ensombrecen las actuaciones de los espadas. Son solo caldo para la publicidad que ya casi nadie se cree. El gran torero, como Ferrera, no necesita orejas ni publicidad para triunfar. Se basta con la verdad de su toreo, con la magia de sus muñecas y el respeto hacia el toro.

Foto: Arjona

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