Matadores en serie

Si al parecer de Jorge Manrique cualquier tiempo pasado fue mejor, como expresa en las Coplas por la muerte de su padre, una de las elegías clásicas de la literatura española, para muchos de nosotros cualquier tiempo pasado en la tauromaquia también fue mejor.

Motivos hay varios: en la actualidad se dan menos festejos que nunca, la tauromaquia está más en entredicho que nunca, los aficionados son más complacientes que nunca, la prensa especializada es más servicial que nunca y un largo etcétera que nunca termina. Pero lo que me ha motivado a escribir estas líneas es que los toreros son más iguales entre ellos que nunca. Y no solo por su manera de torear. Los matadores actuales parece que estén producidos en serie. Todos están cortados por el mismo patrón. Pocos se atreven a ir en contra de la corriente, a ser distintos. Prefieren ir a lo fácil, a lo conocido. Parece que cuando los fabricaron en serie se quedaron cortos de raza, ambición y amor propio. Por lo menos con bastantes de ellos. Se echan de menos las personalidades arrolladoras de los toreros antiguos.

Las figuras se creen la última Coca-Cola del desierto, pero no se dan cuenta que hace tiempo que están descafeinadas. Lo peor de todo no es el comportamiento de estos toreros, que al fin y al cabo habrán méritos suficientes hecho para llegar ahí arriba y mantenerse. Lo preocupante es sobre todo la actitud de los recién doctorados y de los novilleros. No hay ninguno que decida ir en contra del sistema. Pues ir contra el sistema no es tener un apoderado independiente, es poner en jaque a las figuras y a tus rivales en el escalafón. Ningún torero tiene la ambición para acabar con la carrera de otro compañero. Ni tan siquiera de retarle. Desde hace años no existe la rivalidad. Ningún torero se atreve a alardear de su valor. Ninguno de ellos se anuncia con ganaderías duras de manera regular. No quieren marcar diferencias. Todos deciden igualarse por abajo.

Es sintomático que las ferias toristas de Boujan-sur-Libron, Céret y Carcasona les cueste tanto encontrar novilleros para sus carteles. Y más cuando pagan como mínimo los mínimos. Analizando estas ferias francesas vemos que 10 novilleros de todo el amplio escalafón se reparten los 14 puestos en 5 novilladas (una es un mano a mano). Entre los valientes que repiten es estas plazas se encuentran Maxime Solera (Dolores Aguirre, Raso de Portillo y Miura), Miguel Ángel Pacheco (Dolores Aguirre y Miura) y Mario Palacios (Raso de Portillo y Miura). ¡Chapeau!

Por otro lado tenemos a los novilleros que ni se les pasa por la cabeza alejarse de la dulzura. Todo muy medido y muy cuidado. Y ni así, con su tauromaquia tan light, consiguen marcar diferencias.

Por lo que respecta a los nuevos matadores, la comodidad es el pilar fundamental. Y es una auténtica pena ya que esta hornada de jóvenes toreros podría invitar mucho al optimismo si cambiaran ciertas prácticas. Pero ni Roca Rey (aunque él sea posiblemente el que podría conseguirlo si medio se lo propone), ni José Garrido, ni Ginés Marín (justo triunfador de San Isidro 2017), ni Álvaro Lorenzo, ni López Simón, ni los que vienen por detrás parece que vayan a cambiarlas. Sólo uno de estos nuevos toreros se ha atrevido, por necesidad, por valentía o por convencimiento (o todas ellas, que puede ser), a lidiar todo tipo de ganaderías. Y además en plazas importantes. Él es Román. El valenciano entre 2016 y 2017 ha lidiado una Victorino Martín en Almería, una de José Escolar en Riaza, una de Cuadri en Valencia, una de Pedraza de Yeltes en Arles, una concurso (El Ventorrillo y Ana Romero) en Zaragoza, una de La Quinta en Nimes y por si fuera poco ahora se anuncia con la de Cebada Gago en Pamplona, la de Miura en Bilbao y otra de Pedraza en Dax. ¡Casi nada!

El resultado posiblemente no haya sido el deseado, pero es de agradecer que un torero venga con la convicción de querer ser figura lidiando cualquier ganadería. Ojalá Román consiga llegar arriba y siga matando de todo para que las nuevas generaciones vean en él el ejemplo a seguir.

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